Aquella noche de abril

Eran las dos de la madrugada y yo llegaba de vuelta a casa. Me sentía contenta y feliz porque había sido una noche maravillosa. Una noche de fiesta con mis antiguas compañeras de colegio y mis amigas de siempre. Y por supuesto con el chico de mis sueños, el chico que me tenía enamorada desde los 14 años y al que llevaba dos años sin ver. Mi amor platónico de la adolescencia. El primero por el que me ilusioné, soñé, y por supuesto lloré. Así que fue un reencuentro inesperado y que me llenó de felicidad. Abrí el portal medio mareada de la emoción porque por primera vez nos habíamos intercambiado los teléfonos y quería quedar conmigo para vernos y tomar algo. Subí las escaleras como levitando y cuando estaba por el segundo piso sentí pasos de alguien que bajaba. No sé cómo no me di cuenta en ese momento de que algo malo estaba ocurriendo, pero creo que mis sentidos estaban aturdidos y era ajena a todo lo que ocurría a mi alrededor.

Vislumbré los bajos de una sotana y una voz conocida me dijo:

-Buenas noches Salomé

-Buenas noches Don Antonio -era el sacerdote de nuestra parroquia y debería haberme asustado verle allí pero como ya dije, mis sentidos estaban dormidos- ¿Qué hace por aquí a estas horas? -Le pregunté sonriendo

No me respondió inmediatamente. Me miró triste y se acercó a mí

-Ven, anda, te acompaño a la puerta.

Me asusté y las piernas me empezaron a temblar. Empezaba a ser medio consciente de lo que había ocurrido y la verdad, no estaba preparada para afrontarlo. Le miré a los ojos suplicante, rezando todo lo que sabía para que no hubiera ocurrido lo que me imaginaba.

-¿Que… qué ha pasado? Está todo bien, ¿verdad?

Él suspiró, me cogió del brazo y me ayudó a subir los escalones que quedaban. Mis ojos se llenaron de lágrimas ante lo inevitable pero me negaba a pensar que era verdad. Tocó en la puerta despacito. Mi cuerpo no paraba de temblar de arriba abajo. La puerta se abrió y apareció mi madre con la cara descompuesta por el dolor. Me abrazó muy fuerte, tanto que me hacía daño y yo me derrumbé. Ella solo me dijo:

-Ay nena, el abuelo… Te quería mucho, lo sabes, ¿verdad?

Yo sentía que me ahogaba, no podía respirar, no podía decir nada, solo llorar. Don Antonio me dio un abrazo y se marchó silenciosamente cosa que agradecí porque no habría soportado ni una sola palabra de las que dicen los sacerdotes cuando muere alguien. Lo peor era que no había muerto “alguien”. Había muerto mi abuelo, mi abuelito del alma, una parte de mí. Y recordé que antes de irme a la fiesta, él estaba sentado en su silla y miraba fijamente un punto de la pared que tenía enfrente y me di cuenta que yo creía que estaba viendo la televisión. Tenía la mirada perdida. Me pidió que le acompañara al cuarto de baño y cuando llegamos allí, no era capaz de distinguir la puerta. Estaba desorientado. Tenía que haberme dado cuenta de que algo andaba mal pero no quise aceptarlo. Lo devolví a su silla y después de darle un beso me marché. Si hubiera sabido que era la última vez que lo vería con vida, que era la última vez que le daría un beso, un abrazo… Si lo hubiera sabido no habría ido a aquella fiesta que ahora para mí era maldita.

El teléfono no paraba de sonar y el silencio se transformó en ruido y movimiento. Oía a mi madre llorar y me dolía en el alma porque pocas veces la había visto así. Fui despacito a la que había sido la habitación de los abuelos, que ahora solo era de él porque mi abuela había muerto hacía cinco años. Y entonces me di cuenta que en realidad, mi abuelo había muerto aquel día, cinco años atrás. Ya nunca volvió a ser el mismo. Se sentaba en su sillón mirando por la ventana o viendo la televisión. Sus ojos jamás volvieron a sonreir.

Me acerqué despacito y le vi tumbado en la cama con los ojos cerrados, inmóvil. Un cuerpo sin vida que había sido tan activo. Fui hacia él con los ojos empapados y mi cuerpo temblando. Me senté a su lado y le di el último beso a aquella carita fría ya. Le abracé llorando, angustiada y mi madre me separó de él suavemente.

-No sufrió -me decía ella entre lágrimas- No sufrió. Se murió en mis brazos

Le miré por última vez porque ya venían a llevárselo al tanatorio y yo no quise ver cómo se lo llevaban. Como si fuera un cuerpo más. Pero era mi abuelo. Más que eso él había sido el pilar de la familia, había sido mi padre, mi todo. Me acunaba por las noches cuando era bebé porque nadie conseguía hacerme dormir y él con toda su paciencia se sentaba al lado de mi cunita y se quedaba allí hasta que me dormía. Él me llevaba cada mañana a la parada del autobús para irme a la guardería. Me cogía fuertemente la mano y nos íbamos los dos calle abajo contentos de compartir esos momentos. Recordé las historias que contaba cada tarde en la salita de casa cuando estábamos todos reunidos. Historias de la guerra, historias de la mili, historias de su vida. De lo mucho que le había costado sacar a su mujer y a sus cuatro hijos adelante porque en aquellos tiempos la vida no era nada fácil. Recordé cómo cada mañana se levantaba siempre el primero antes de que amaneciera y le llevaba el desayuno a la cama a mi abuela, la que fue la mujer de su vida, su niña mimada. Cómo cada domingo se marchaba tempranito para ir a buscar churros para nuestro desayuno. Recordé las discusiones que tenía sobre política con mi tía porque le encantaba discutir. Recordé tantas y tantas cosas, tantos momentos vividos que ya nunca más volverían.

Y se lo llevaron envuelto en una sábana encima de una camilla y se me rompió el corazón en mil pedazos. Me sentí tan vacía, tan llena de nada… Y pensaba en mi madre, en el dolor que tenía que estar sintiendo en esos momentos. Yo había vivido dieciocho años con él pero ella… Ella había vivido toda una vida y eso era mucho. Demasiado dolor para poder expresarlo. Faltaba mi hermano, que también había salido como yo a tomar algo por ahí. Quería borrar el dolor que nos rodeaba, el horrible silencio de su muerte, pero no podía.

Finalmente nos marchamos nosotras también. Mi madre, mi tía y yo fuimos a velar a mi abuelo las últimas horas, a decirle el último adios. Pensé en todas las cosas que no le había dicho porque muchos días estaba demasiado ocupada pensando en mí, en los estudios, en mis amigas. Me hubiera gustado decirle más veces lo mucho que lo quería, lo importante que era él en nuestras vidas. Aunque él lo sabía, me hubiera gustado habérselo dicho una vez más.

Han pasado catorce años desde aquel día fatal. Catorce largos años y todavía me queda el consuelo de que algún día en otra vida ya, pueda volver a reencontrarme con él, darle un fuerte abrazo y decirle que le quiero, que gracias a él la familia siempre permaneció unida y que me alegro de que nos hubiera inculcado unos valores de amor y lealtad tan grandes. Que marcó las pautas por las que he intentado guiarme siempre y que a pesar del dolor que causó su marcha, me siento afortunada por haber podido vivir tantos años a su lado empapándome de su experiencia y sabiduría.

Para él, mi abuelito, va este homenaje y sé que esté donde esté, lo está sintiendo. Desde lo más profundo de mi corazón le doy las gracias por haber permanecido siempre a nuestro lado

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