El armario vivo

A orillas del mar

Sentada en la orilla del mar, dejaba que las olas rompieran acariciando mis pies para así refrescarlos. Era un día de calor, de ese pegajoso que te impide casi respirar. Había una pequeña brisa relajante y la cabeza volaba, los pensamientos vagaban. Retrocedí en el tiempo, a cuando tenía 13 años e iba revoloteando por la casa con mi hermano pequeño que me hacía rabiar, corriendo detrás de mí, abriendo todos mis armarios. Todos menos uno… en el que estaba mi cama. Sí, yo dormía dentro de un armario, aunque no era exactamente así. Tenía dos manillas de las que se tiraba y se abría, allí aparecía un somier de muelles y un colchón que se doblaba. Siempre me pregunté porqué tenía que dormir yo allí siendo la mayor, pero las cosas eran así en mi casa. Éramos seis y no había habitaciones para todos. Estaba en el salón, al lado de la tele y yo estaba allí, tumbada, mientras los demás sentados en el sofá terminaban su jornada, hablando y viendo el telediario. Me faltaba intimidad, no podía abstraerme en mis pensamientos como hago ahora mirando el mar. Muchas veces, soñaba que el colchón se doblaba solo, conmigo dentro y me engullía. Yo no podía respirar, ni gritar, ni hacer nada. Era tan real que me angustiaba, el armario se cerraba y yo quedaba allí dentro, encerrada sin poder salir. Era como si el colchón cobrase vida. Ya no llegaba con tener que dormir allí, incómoda, si no que me sentía atrapada por él. Y yo no tenía esqueleto, sólo músculos que se acomodaban a su antojo. Entonces despertaba empapada en sudor y volvía a la realidad que no era otra que dormir en un armario. Por eso, hoy, en este momento, adoro la libertad de sentir la brisa en mi cara y el frescor del agua del mar en mis pies.