LAS CENIZAS DE FRANCISCO

Las cenizas de Francisco

Las cenizas de Francisco

Juan, su mujer Alicia y su hijo Alfredo, estaban en el hospital de Santa Bárbara. Un hospital privado que según les habían dicho, era el mejor de la ciudad. Allí ingresaban a Francisco, el padre de Juan, cada vez que se quedaba sin respiración.

Un año antes, empezó a sentirse mal, le costaba subir escaleras, le faltaba el aire muchas veces. Les parecía algo normal, ya que era un fumador empedernido y todos le avisaban de que le podía traer consecuencias con el paso del tiempo. Pero Francisco, no hacía caso de nadie. Sólo se dejaba aconsejar, y sólo a veces, por su nuera, a la que tenía un aprecio especial. Cuando su mujer había muerto, ella le había tratado de manera muy cariñosa y se lo había llevado a su casa para que no estuviera solo. Evidentemente su hijo también se había ocupado de él, pero no sabía por qué, tenía especial debilidad por Alicia. Siempre le había caído bien, desde la primera vez que la vio, cuando fue a su casa para conocerlos a él y a su mujer.

Alicia, le decía:

—Francisco, por favor, debes cuidarte más. No es bueno para tu salud fumar tanto. Te lo ha dicho el médico muchas veces.

—Mi querida hija, —le respondía él— sé que lo decís por mi bien pero no tengo más vicios y si me quitáis éste, me quitáis la vida.

Así que, dejaron de insistirle porque desde la muerte de su mujer, había caído en un letargo parecido a una depresión y necesitaba algo a lo que aferrarse, y ese algo, era el tabaco.

Cuando se dieron cuenta que cada vez, la cosa iba a peor, decidieron llevarlo a un especialista: un neumólogo que era muy conocido allí. Francisco, como es normal en su naturaleza de cabezonería, protestó.

—Que no, que yo no voy a ningún matasanos. Siempre te encuentran algo y te dan medicinas que te estropean por dentro.

—Por favor, papá, no seas terco y ve. Pedimos la cita y si no es nada, no te volvemos a insistir. Pero hazlo por nosotros, sobre todo por Alicia que está muy preocupada y no quieres verla así, ¿verdad?

—Sabes tocar mi fibra sensible, jodido —le respondió el padre—. Está bien, iré para que me dejéis en paz de una vez.

Así que, pidieron la cita y el médico vio algo que no le gustó y le mandó hacer unas pruebas.

Ahí empezó el calvario. Le descubrieron lo que todos temían: cáncer de pulmón. Y lo peor de todo que lo daban por desahuciado. Ya no tenía cura posible. Les preguntaron

si querían someterlo a quimioterapia, pero el mismo Francisco dijo que no, que quería vivir lo que le quedaba, en casa y en paz.

Empezaron los ingresos en el hospital que cada vez eran más frecuentes. Él le decía a su familia que cuando muriera quería que lo incineraran y llevaran sus cenizas a su ciudad natal, donde estaban también su mujer y sus padres.

La última vez que lo ingresaron, ya sabían que le quedaban pocos días, o incluso horas, tal y como dijeron los médicos. Estaban los tres con él en la habitación del hospital. Ya no podía hablar, todo le resultaba ya un esfuerzo él. Quería decirles algo pero no podía y tosía cada vez más. Juan, no podía parar de llorar y mientras su hijo le consolaba, Alicia estaba sentada en el borde de la cama, cogiéndole la mano a Francisco. Hasta que de pronto, la mano se le cayó y el panel motorizado reflejaba una línea plana. Ella salió a llamar a la enfermera que constató efectivamente que había fallecido.

Fueron unos días de mucho caos para todos. Por suerte, él había contratado un seguro que cubría todos los gastos y la funeraria se encargó de todo. Hicieron un velatorio para todos sus amigos y familiares menos cercanos. Después mandaron incinerarlo y Juan quiso ir solo a llevar las cenizas de su padre. Alicia y su hijo querían ir con él, pero se negó rotundamente.

Consiguió un billete de avión y como era un trayecto corto, se desplazaban en uno de hélices, muy pequeño. Viajaba muy poca gente y el cielo estaba despejado por lo que el piloto les informó de que sería un vuelo sin complicaciones.

Cuando estaban cerca del aeropuerto de destino, el avión empezó a girarse de manera extraña hacia los lados. Todos se miraron con cara de susto. El comandante les dijo que había un pequeño problema con el motor y que tendrían que intentar un aterrizaje de emergencia en un parque que estaba muy próximo.

Juan intentó tranquilizarse. Llevaba una cajita con las cenizas dentro de la bolsa de viaje.

El aterrizaje forzoso fue muy brusco, tanto que la bolsa se cayó y las cenizas se esparcieron por el suelo. Habían conseguido aterrizar sanos y salvos pero su padre, nunca llegaría a su ciudad natal.